Saturday, August 3, 2013

Humildad y tristeza

Cuando las cosas no salen como uno quisiera, cuando ante las contrariedades nos ponemos tristes o de mal humor, si bien se piensa, en el fondo lo que hay (en mi opinión) es falta de humildad, falta de aceptación de nuestra realidad concreta y un gran desconocimiento de lo que verdaderamente somos, por nosotros mismos.

Es evidente que a nadie que esté en su sano juicio le puede gustar el tener contrariedades y que las cosas salgan de modo contrario a lo que él quiere.Esto sería masoquismo, sería algo enfermizo.El humilde no es un masoquista. Humilde es aquel que se sabe muy poca cosa, que es consciente de su realidad ante Dios. Es aquel que sabe que sólo una cosa es necesaria y todo lo demás es secundario: de este modo, las contrariedades no pueden derrumbarlo. El humilde sufre ante los acontecimientos adversos (dolor, enfermedad, etc.), como cualquier otra persona...pero no se pone triste. La tristeza conduce a la muerte (si es un estado de ánimo habitual) y en el fondo de ella lo que hay es una actitud nihilista, de fatalismo, de falta de esperanza. 


Tristeza y desesperación ante la vida equivalen a decir: No hay nada que hacer. Ya sólo queda morir. Es un pecado grave contra la virtud de la Esperanza pensar que Dios nos ha dejado solos y nos ha abandonado... ¡esto es falso de toda falsedad...es una gran mentira con la que el Diablo nos quiere envenenar! La gran verdad y maravillosa verdad es que Dios nunca nos deja solos... ¡porque nos quiere!:"¿Puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues aunque ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré!" (Is 49, 15). 


De modo que ante el sufrimiento, ante las contrariedades (del tipo que sean) tenemos que actuar como hizo Jesús,  nuestro Maestro, que se postró en tierra mientras oraba diciendo:"Padre mío, si es posible, aleja de mí este cáliz; pero que no sea tal como yo quiero, sino como quieres Tú" (Mt 26,39). "Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22, 42).


El hombre humilde no es un masoquista. No es una persona que odie la vida. No le gusta pasarlo mal. No es ningún bicho raro. Es una persona muy normal. Ama la vida y disfruta viviendo. No ama las contrariedades. Y, sin embargo, y éste es su distintivo, las soporta sin tristeza porque sabe que en este mundo todo pasa. Sabe que sólo una cosa es necesaria; sabe, pues, lo más importante. El hombre humilde es el verdadero sabio, el que conoce el secreto de la felicidad, que no es otro sino el de estar junto a Jesús y vivir su propia vida: "Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi suyo es suave y mi carga ligera" (Mt 11, 29)

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